
No estaría demás revelarte que cuando deseo pensar en cosas que me hacen feliz me transporto hacia mi niñez y los inolvidables momentos que pasamos juntos. Los detalles más curiosos ondulan en mi memoria en cálidas imágenes de sonrisas y espontaneadad. Por ejemplo, recuerdo nítidamente cuando me peinabas antes de llevarme al colegio. Te esforzabas mucho en hacerme esos "chapes" que al final del día eran un desastre. Por las tardes, arreglabas la vieja fiel bicicleta para irnos de paseo. Amarrabas un cojín a la parte trasera y ponías énfasis al decirme que no metiera los pies en los rayos de las ruedas. Así, con tu cabello muy desordenado, tus pantalones hippies y tus lentes de aviador me llevabas a descubrir calles entretenidas que simularan una montaña rusa. A veces me asustaba, pero era por desconocer la ausencia de peligro en ello. Después, al llegar a casa, escuchábamos Pink Floyd, recuerdas? Para mi eran sonidos de guerra y tu me decías en forma de juego: cuidado que ahí viene un avión! y te tirabas al suelo gritando: cuidado!" y yo...yo lo tomaba enserio. Detrás de un sillón miraba hacia el techo y me preparaba para cualquier cosa. Un poco más cansado, tomabas tu guitarra y empezabas a tocas melodías de castillos, unicornios y endrogado rock. A mi me pasabas la armónica y me llegaba a marear de tanto soplar. Por supuesto que me encantaba la hora de ir a encontrarnos con mi mamá en el metro y subir y bajar las estaciones hasta aparecer al otro lado de la calle, lo que para mi era un truco total. Recuerdo que bajábamos hasta donde llegan los vagones y para responder mi incansable pregunta: ahi viene mi mama? tu me respondías: tu mama llegará en un vagón color naranjo". Cuando finalmente aparecía ella, nos íbamos a comer pizza al centro. Mientras el día desaparecía tras los edificios, nosotros nos encontrábamos con gente extraña en nuestro caminar. Gente con dientes grandes, narices curiosas, miradas intrigantes, intangibles, caminar perdido, apurado, alocado. Recuerdas del loco que fuera de la pizzería saltaba y gritaba con las manos en alto: Gloria a Dios, Gloria al Santo, Gloria al milagroso...? Antes de irme a acostar, me permitías jugar al peluquero contigo y, pacientemente, te dejabas hacer todo tipo de peinados. Más tarde, me leías un cuento o, tal vez, parte de un libro de Lobsang Rampa hasta que me perdía en mis sueños... Gracias por hacer de lo simple momentos increíbles. |
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