
Habíamos dormido solo 2 horas antes de prepararnos para viajar a San Pedro. El cansancio acumulado de interminables noches en Arica e Iquique comenzaba a reflejarse en nuestros rostros. Siempre terminábamos encontrándonos con la misma gente en cada lugar que alojábamos. En mi caso, me estaba agotando la idea de encontrarme con Adour en cada lugar puesto que su esquizofrenia mezclada con droga derivaban en una especie de locomotora sin frenos que nos enloquecía a todos.
Decidimos dividirnos e irnos en parejas para hacer más fácil el "mochileo", con la esperanza de, al menos, llegar a la ruta 5 juntos. Allí comenzó la espera otra vez. La espera, hambre, sed. Sed, hambre, espera y desesperamiento. Recuerdo que intentabamos hacer sombra entre dos mochilas y nos turnábamos para hacer "deo". Yo trataba de poner cara de pena porque ya no soportaba el sol. Hacia la izquierda: desierto; hacia la derecha: desierto. Kilómetros y kilómetros de desierto. Sin embargo, la sensación de libertad que se siente es increíble. El aire tibio, los labios secos, el pelo entierrado, la pérdida de noción del tiempo, la poca prisa, la incertidumbre de lo que depara el dia, la excitación de la aventura...
Mientras esperábamos que alguien se apiadara de nosotros, recuerdo haber inventado estúpidas canciones, incrédulas historias y extraños bailes. Entendí que la locura esta más cerca de lo que uno se imagina y que, ésta, al mismo tiempo, puede llegar a ser una satisfactoria experiencia porque te puedes dar el permiso de ser incoherente sin tener que lidiar con los prejuicios ajenos. Por fin paró una camioneta ante nosotros. Dijo que nos dejaría a medio camino porque se internaría dentro de una mina. Parece increíble, pero ya se estaba acabando el dia al momento en que la camioneta nos dejó en la carretera otra vez y, a nosotros, no nos quedaba otra alternativa mas que armar la carpa donde fuera y dormir. Comenzamos a caminar sin saber a donde. No había pueblo cercano, ni nada parecido. No luces, no ruido, no nada!. Entre medio de la oscuridad escuchamos a alguien gritar y en ese momento comencé a sentir miedo. Seguimos caminando y como un espejismo, nos encontramos con una especie de "posada" para camioneros. Un restaurant muy pequeño con solo sus dueños dentro; una pareja de viejitos. Me sentí aliviada por un momento. Nos sentamos a comer y, mientras miraba alrededor, vi dos rostros que se asomaron como gatos por la ventana. Me paré de inmediato, salí a ver quien era y me encontre con 2 jóvenes, sin mochilas, poca ropa y con cara de tener mucha hambre. Les pregunté si querían compartir nuestra comida y aceptaron de inmediato. Se sentaron sin hablar y comenzaron a comer sin parar. Les preguntamos de donde venían y nos respondieron: de Santiago, nos arrancamos de la carcel" ufffff, yo no sabía qué pensar. Los dueños de la posada ya estaban por cerrar y al cerrar, se irían a su pueblo dejándonos solos con los "fugitivos". Llegada la hora pense: será! armemos la carpa y no nos quedemos dormidos. Así lo hicimos, armamos la carpa y nos quedamos despiertos hasta que nos venció el sueño. A la mañana siguiento nos despertamos entre medio de camiones mineros, cuyas enormes ruedas parecian monstruos de la guerra de las galaxias. Inmediatamente desarmamos la carpa y nos paramos en la carretera otra vez.
Después de un dia y medio por fin llegamos a San Pedro a reencontrarnos con los demas. Ellos ya tenían visto el lugar donde nos quedaríamos: entre unas ruinas en los alrededores del pueblo. Yo estaba feliz de verlos y feliz de poder comer y bañarme. El ambiente era alegre, había mucha gente que conocer y muchos lugares a donde ir. La mística del pueblo era como una medicina que calmaba las ansiedades acumuladas. Todo parecía de colores tibios. Anaranjados atardeceres que dejaban entre ver la caída de una misteriosa y caótica noche. Recuerdo que descubrimos cuevas que conectaban unas ruinas con el valle de la muerte, increíblemente largas y claustrofóbicas. En grupos nos íbamos caminando a los valles para quedarnos toda la noche alli. Algunos llevaban guitarras; otros, flautas, garrafas de vino, cervezas, drogas, peyote, etc, etc. Todo era válido y bienvenido. En una de las idas se nos perdió un Frances que llevaba dias en peyote. En otras, nos perdíamos nosotros mismos y nos reencontrabamos en fogatas o bares. Nos sucedieron muchas cosas contrapuestas: A Sheila la mordió un perro, a mi me arrestaron por estar tomando en la calle, una chica fue a parar al hospital porque el pololo la habia golpiado, con Edward nos caímos desde unas dunas, etc, etc.
Los dias pasaban y no habia momento en que no tuviéramos algo excitante que hacer o ver. A la hora de seguir nuestro viaje nos embriagaba una nostalgia prematura. San Pedro te acoje con su seductivo mistisismo y te deja volar entre mundos bizarros e impredescibles que se pierden tras indescriptibles subterfugios.
1 comment:
Que dias aquellos no!
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