Tiró el teléfono por sobre su cabeza después de crueles insultos que iban y venian. Tomó las llaves, algunas pertenencias y salió corriendo, maldiciendo y jurando que era la última vez que lo vería. Comenzó a manejar sin rumbo, agitadamente, buscando un horizonte que no existía. Después de varias horas se detuvo. Suspiró por primera vez y comenzó a observar. La lejanía de risas, familias agrupadas alrededor de sus hijos, una brisa fría y olvidada entre juegos infantiles alcanzaba a perceptir su último sentido en aquella tarde de sábado y en aquel parque donde fue a parar sin querer. Sin embargo, no se atrevía a salir del auto. Inevitable era la sensación de estar siendo observada y de ser descubierta su desgracia descaradamente. Las lastimosas miradas la harían caer en una patética agonía de fracaso y vería esfumarse la poca autoestima que aún le quedaba en ese momento. Sintonizó una vieja canción y la pena comenzó a estremecerla. De cuando en cuando sonaba el teléfono desesperadamente y ella trataba de ignorarlo guardándolo una y otra vez en su bolso, asegurándose, eso si, de mantenerlo en algún lugar donde pudiera ser escuchado. De la pena pasó a la rabia y de la rabia al desencanto. Del desencanto a la angustia y de la angustia al olvido. Al olvido si, pero solo por un minuto. En algunos momentos volteaba la mirada para ver las pertenencias que había sacado apresuradamente. Lo único que le importaba, en realidad, eran un par de cuadros. Nada tenía mucho sentido, ni el como ni el por qué. Habían llegado a un punto incontrolado de ira y de soberbia que no permitía retroceder para dar paso a las disculpas. Ya el tema en questión nisiquiera era el Amor, sino más bien, el respeto, el descontrol emocional, verbal y físico; la transformación de las actitudes nobles en balas de energúmenos.
Lo peor era que no había final, que el sufrimiento se presentaría no importando cual fuese la decisión a tomar y la cobardía para enfrentar ese sentimiento tan profundo le impedía pensar con claridad. Así, entre medio del caos mental, se bajó del auto, encendió un cigarro y comenzó a caminar observando la ciudad bajo lentes tridimensionales y subrealistas donde las cunetas sangraban sudor y las esquinas olían a condones usados. Entró a un bar, escuchó conversaciones triviales, trató de decir alguna cosa pero parecía no tener energía para mover los labios. Así pasaron muchas horas en las que entraba y salía de bares, caminaba entre oscuros callejones e iluminadas avenidas, sin decir nada, agotando la capacidad de pensar.
El aún esperaba su llegada. Había inventado miles de frases para decir. De la rabia pasaba a la inquietud, de la inquietud a la desesperación y de la desesperación a la preocupación. A la preocupación si, pero aquella que involucraba su futuro, la pérdida de aquellos lazos de los cuales se había hecho esclavo sin darse cuenta, la incapacidad de visualizar su vida sin ella.
Miraba las paredes una y otra vez. La ausencia de los cuadros le producían una sensación de absoluto abandono y profundo temor. Agotó todos los cigarros que le quedaban como así también las posibilidades de que ella regresara. Pensó en dejar mensajes en el celular, tal vez alguna carta que explicara lo que él nisiquiera podía entender. Podría haber suplicado como un niño su regreso. Podría haber hecho radicales promesas y haber esbozado sobre sus senos un ídilico dibujo de unicornios. Sin embargo, solo pudo tomar un poco de ropa, darle una mirada a la casa por última vez y fumar la última colilla para finalmente cerrar la puerta.
Las palabras frágiles, los deseos oprimidos, las caricias sublimes, las conversaciones simples, las miradas embriagadas de ilusión, las peleas sin sentido, los aromas de cuerpos exhaustos, las risas y los llantos quedaron bagando por aquella abandonada casa, en aquel sábado por la tarde, después de una discusión de la cual ninguno de los dos recordaba su origen.
1 comment:
Volviste! que te había pasado?
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